Nuestros dos Antonios
En el año 1998 el profesor nicaragüense Antonio Parajón vino a Valencia a realizar un doctorado en matemáticas. Fue estudiante del curso que imparto en la Universidad de Valencia y su esfuerzo e integridad nos conmovieron de tal modo que entró a formar parte de nuestras vidas, comenzando así un camino en el que no cesaríamos de aprender.
Antonio llegó no más que con lo puesto. No conocía a nadie en nuestro país, no traía en el bolsillo ni un teléfono, ni una dirección, tampoco nada de dinero, pero aunque en ese momento no se daba cuenta llevaba consigo el bagaje de los que se saben hijos de los arrabales y han sobrevivido en las condiciones más adversas. De todas maneras, la tarde en la que llegó Antonio a nuestras tierras tenía adormecido su lado combativo. Nada más bajar del avión supo que su corazón tropical tardaría en acostumbrarse a la frialdad del clima y de nuestras gentes. Su aspecto le delataba como uno más de los cientos de inmigrantes que llegan a España a diario y, como si no pudiera deshacerse de su condición, terminó su primer día en España con la espalda mojada y sin un refugio seguro donde alojarse.
En el año 2002, finalizados sus estudios en España, nuestro Compañero Sandinista regresa a Managua e inmediatamente Mila y yo vamos a visitarle, alojándonos en su casa, situada en Los Laureles, uno de tantos barrios de la ciudad. Las viviendas más que humildes casi no eran y las calles escapaban a toda geometría o planeamiento. La violencia y la ternura se mezclaban de tal forma que nos dejaban desasistidos para formular cualquier juicio de valor. Algunas noches, una vez acostados, distinguíamos claramente disparos en las calles próximas. Sin embargo, el acento y la dulzura de la familia Parajón nos atrapaban a la mañana siguiente.
La primera de nuestras estancias en Nicaragua estuvo marcada por los cuidados continuos de nuestro amigo, que temía por nosotros al ser los primeros extranjeros que se habían atrevido a pisar un barrio en donde hasta los taxistas se niegan a entrar. Pero al verme a la mañana siguiente de nuestra llegada rodeada de un nutrido grupo de niños corriendo descalza, igual que mis compañeros de juegos, hacia un pedazo de selva que había quedado estrangulada entre unas cuantas casas, conseguí convencerle que habíamos ido hasta allí para conocer la verdad de su país. La pobreza de las gentes solía venir acompañada por un sentido de la dignidad y un calor humano inimaginable por nosotros entonces y al que no fuimos inmunes. De ese primer viaje nos trajimos el encuentro en pleno con la familia Parajón-Guevara, que no se había reunido al completo desde el final de la guerra, conocer unas cuantas zonas del país y la certeza de que volveríamos.
En los años siguientes nos acompañó nuestro hermano Vicen, que invitó a los primitos y a su chica Laura a la aventura nica. En estos viajes formamos tácitamente el proyecto de cooperación Escoles de Nicaragua en el que repartíamos material escolar a los centros más desfavorecidos que encontrábamos. Cada vez éramos más viajeros y de manera natural impusimos, a todo aquel que quisiera acompañarnos, una sola regla, simple y justa. Cualquiera que se nos sumara debía estar dispuesto a ceder, al menos, la mitad del espacio de su equipaje para llevar el material escolar que recolectábamos y clasificábamos con extremo cuidado durante el año. La norma podía parecer ingenua, puesto que por entonces lo máximo que alcanzábamos a transportar por viaje con este método no sobrepasaba los 300 Kilos, pero era en realidad una declaración de intenciones: acoger con agrado a todo el que se acercaba a nuestro proyecto con el ánimo de compartir y aprender.
A partir de entonces entramos de lleno en una espiral emocional. He intentado repetida e infructuosamente poner orden en mi cabeza sobre los hechos acontecidos en estos años, pero soy incapaz. Al compartir mi vida con la persona más racional y analítica que he conocido me creía, al menos en apariencia, curada. A la vuelta de los primeros viajes añorábamos con una intensidad dolorosa los latidos cálidos de la selva y su gente. Salíamos a la calle buscando el rumor de las aguas. Pisábamos las aceras musitando ¿por qué se nos impide hundir los pies en la tierra y establecer raíces en ella? Nos estábamos transformando en seres mestizos y fronterizos, y los primeros años nos sentimos desorientados al rozar la ubicuidad entre fantasía y realidad. Pero el retumbe unísono y contundente de las entrañas de la jungla y de las aguas que la rodeaban no nos abandonaba, recordándonos constantemente que continuaba esperándonos. Yo comenzaba, sin atreverme todavía a decírselo a nadie, incluida a mí misma, a soñar con el pasado y el futuro de la selva, con leyendas y tesoros olvidados en ella, pero sobre todo con ilusiones tan sencillas como hacerles llegar por primera vez un puñado de cuentos a unos niños perdidos en un rincón recóndito de una selva inexplorada. El sueño de construir una escuela para unos cuantos de esos niños llegaría con el tiempo.
Regresamos de estos primeros viajes con el corazón tan blanco y el juicio tan confuso que apenas escuchábamos los comentarios preocupados de nuestros amigos sobre los peligros de Managua. Nos despertábamos buscando el rumor de la selva, y encontrábamos ajena nuestra rutina diaria. Por primera vez, el orden de nuestra vida nos pareció intolerable. Los preparativos y planes del siguiente viaje colmaban nuestro tiempo libre. Sin duda el río San Juan y las gentes que lo habitan nos acompañarán para siempre. A la vuelta del tercer viaje, de manera natural y casi sin proponérnoslo, Mila y yo comenzamos a materializar lo que eran más sentimientos que recuerdos. Yo retomé la composición de canciones que había abandonado años atrás en nuestro grupo de música Antihéroe junto a Jose Godofredo y ella, además de participar en las canciones, escribió un relato de ficción. Con ingenuidad, atrevimiento y mucha ilusión, concretamos estas iniciativas en un libro-CD titulado “Navegando nuestro costado mestizo”.
Rafa leyó en El País semanal una entrevista que Diego Manrique hizo a Antonio Vega, en la que relataba su interés por el mundo científico en general y la Física en particular. Aprovechamos que Antonio daba un concierto en las inmediaciones de Valencia para intentar charlar unos minutos con él. Haciendo una demostración práctica de su capacidad sincrética, habilidad que evidentemente no poseo, Rafa le contó en un par de frases que había escrito un libro de investigación matemática en el que incluyó unos versos de "Una décima de segundo" y aún le dio tiempo para presentarnos con nombres, apellidos y formación. Por algún extraño motivo a Antonio le parecimos una pareja interesante: un matemático riguroso y una filosofa impulsiva, y nos proporcionó el modo para que siguiéramos en contacto. Aquella noche, y unidos a los acontecimientos que nos estaban sucediendo en Nicaragua, Rafa y yo terminamos de regresar a la adolescencia, estado en el que todavía nos encontramos, como jóvenes en pleno proceso de enamoramiento.
No me lo esperaba. Que Antonio, además de componer las canciones de nuestra adolescencia, siguiera con entusiasmo mis explicaciones sobre optimización discreta y el problema del viajante fue una sorpresa. No me esperaba su accesibilidad. Sí esperaba su calidez, aunque su timidez me desarmó. Suerte que la risa de Mila hizo de Bálsamo para corazones heridos y establecimos un principio de certidumbre a medio camino entre la Física y las Matemáticas, como paralelas de un par que han de entenderse. La imagen de Antonio Vega en este primer encuentro perdurará en nosotros. Fue en gran medida similar a la que nos ofreció nuestro otro Antonio; un diferente que nos susurraba con calidez: puedes aprenderme.
En un único e inolvidable encuentro Margarita del Río Reyes, la compañera de Antonio Vega, nos cautivó. Nos inundó con planes para un puñado colmado de vidas como si fuera en ese preciso momento a emprenderlos, pero no tuvo tiempo. Hasta la fecha no he conocido a nadie tan cargado de vida, posiblemente por ello sólo le hizo falta ese encuentro para seguirnos en nuestro recorrido. A partir de entonces y desde el máximo respeto, el que tan sólo puede otorgar el cariño, a Antonio le quedó claro que si volvíamos a por él, a veces sin concederles tregua, ya no era por su música, ni siquiera por él mismo, sino por Margarita. Todavía seguimos esperando que siga compartiendo con nosotros pedazos del alma de la que fue su dulce compañera. Fue en esa plácida espera en la que comencé a creer, de manera serena e inagotable, que aquella selva de la que estábamos prendidos necesitaba de su espíritu y de su confianza en una Existencia Intemporal. Al par de meses de la desaparición de Margarita regresamos nuevamente a la selva. Su presencia durante todo el viaje fue constante. Durante los días que pasé aquel año en río San Juan y en su reserva selvática; la indio-maíz, no paraba de soñar de día y de noche con una leyenda que antaño recorrió sus aguas y los siglos. Hasta que comprendí que la Dama del Río, la aparición que ayudó a miles de libertos a escapar de una vida de esclavitud, no era otra que Margarita. Entonces no sabía el modo pero me prometí, puesto que a ella le debía unir mis sueños a la selva, que de alguna manera le ayudaría a reencontrar su hogar en aquellas tierras. Un diez de febrero llamé Antonio para decirle que compartíamos un sueño. "Dame tiempo, tarde o temprano construiremos una escuela en la selva con el nombre de Marga", me escuché decir sorprendiendo por igual a él y a mí misma.
Mientras, con la financiación de la Universidad de Valencia poníamos en marcha una campaña masiva de recogida de material y comenzábamos la construcción de la escuela “Margarita del Río”. Vicen y Laura se encargaron de dar difusión al proyecto primero y de retirar el material donado de la mayor parte de los centros universitarios de nuestra ciudad. Mila y yo gestionamos el envío del material recolectado. Por primera vez tomamos conciencia de que las dimensiones de lo iniciado eran desmesuradas. Llegamos a clasificar 18.500 libros de lectura, más de 50.000 lapiceros, cuarenta enciclopedias completas y el material integro de dos papelerías. ¡Ni podéis imaginaros nuestras casas¡ Invadidas por las raíces que nos unían a otros mundos. Con la ayuda de voluntarios y del arquitecto-cooperante Raúl Muñoz superamos todos los obstáculos para construir la escuela en la comunidad de Pocosol. Fueron los habitantes de ésta comunidad los que aportaron además de la mayor parte de la ilusión, la madera y la mano de obra. La escuela Margarita del Río, la primera de nuestro proyecto, se concluyó los últimos días del 2006.
Se sucedían los viajes, los años, y las visiones imponían su nitidez. Asumí con naturalidad que mi voz no me pertenecía. Era prestada. Hablaba y hablaba sin descanso del pasado y el presente de esclavitud y liberación de los moradores de la selva, de la lluvia, el fango, las luciérnagas y de cualquier átomo de vida que tuvo que evolucionar hasta llegar a mí. Fue en aquel tiempo, que todavía es éste, cuando conocimos a Luismi. Lejos de amedrentarse, ante mis confusas y arrolladoras historias de gentes de otros mundos y aparentemente otros tiempos, alenté su inagotable curiosidad ante lo desconocido, incluido nosotros mismos. Empecé a buscarle con perseverancia para compartir cada pequeño avance de unas personas que no éramos nosotros, o tal vez sí. Y fue así como pasó a compartir, sin atajos y junto a Nuestros dos Antonios, el trono de nuestro corazón.
Tal y como advierte el centro de meteorología de Florida, las tormentas tropicales son difíciles de pronosticar. El huracán Luismi, con epicentro en Madrid, nos arrasó con su alegría y ganas de vivir. Mr. Todo Bien, además de tener soluciones para todo, hizo de embajador nuestro en la Constelación Vega y me enseñó que la contra-púa y las notas mudas son de la misma importancia que la complejidad algorítmica. Caótico Luismi, por paradójico que parezca, puso orden en nuestras pequeñas y torpes canciones, y con su amigo Alberto Zapata, nos enseñó unos acordes maravillosos que transformaron nuestras melodías del río San Juan en las canciones que ahora podéis disfrutar.
Por mucho que lo he intentado no logro mostrar todo lo que nos ha otorgado nuestra dedicación a Escoles de Nicaragua. Qué decir ante un carretonero que te asegura que es descendiente directo de esclavos y que seguiría viviendo como las bestias si no hubiera accedido a una escuela como la que hemos hecho en Pocosol. O ante niños capaces de enseñarte en un instante que un día pasado en la selva vale por una vida plena. Es en ese preciso momento cuando nuestra voz dejó de ser nuestra, se transformó en canción, para repetir sin tregua que en cualquier rincón de una selva inexplorada se guarece el pasado sin memoria de lo que un día fuimos, de lo que alcanzamos soñar.
No acierto a descubrir cómo hemos llegado hasta aquí. Desde que Vicen nos enseñara en su maleta un puñado de lapiceros hasta ser conocidos en el río San Juan como Los Españoles, más que 5 años parece que disten varias vidas. En la actualidad nos encontramos en medio de la construcción de una segunda escuela en la comunidad del Jobo, financiada por la empresa valenciana Siliken. Además, el Ayuntamiento de Sollana se ha sumado al proyecto financiando la mezcla y la fabricación de este CD, cuyas ventas se destinarán íntegramente para emprender nuevas acciones de cooperación. Como dijo Antonio Vega tras cantar Verdad y Silencio, "Todos somos Escuelas de Nicaragua". Os invitamos a uniros a esta iniciativa y convertiros en almas mestizas guiadas por las melodías de la selva.
Valencia, Marzo de 2008, Mila Rico y Rafa Martí